miércoles, 31 de agosto de 2016

Notas azules


¿Cómo puede alguien sonreír así?
Podría tejer cien historias detrás del gesto, y quizás ninguna baste.
Hay un algo, en ella en particular, que desconcierta.
Por lo poco que duró el cruce de miradas, cómo ver una fotografía, pude saber dos cosas…  no la volvería a ver y ella sonreía.
Y en cuanto a lo primero quizás sea lo mejor. Como enamorarse en el metro; como esas personas puestas en los vagones como para alumbrar la noche, bailar los ojos y que te arranquen el corazón cuando bajan la estación, mientras éste corre desesperado tras ella, para no alcanzarla jamás.
Por las ropas y los gestos podía saberlo, no es del tipo de chicas que adornan este lado de la ciudad.  Aquí la gente es más seria, más grave, un poco más de mi estilo si pudiera decir que tengo uno. A ella se la podía ver como una nota azul un poco perdida entre blancos y negros.  como una nota grande entre bemoles, algo que si bien no va en ese lugar uno agradece infinitamente que haya llegado,  lo salpica todo,  rompe con la narrativa fría y de repente hasta uno piensa en bailar.
Llegamos a una estación, “Amapola”, y contra mí mejor apuesta permaneció inamovible, con la mirada un poco esquiva y sin prestar mucha atención.  tarareando alguna canción que salía de audífonos grandes de diadema, que apenas y había hecho volar algunos de sus cabellos.
 Era fácil mirarla, no iba atenta y apenas se daría cuenta nunca de cómo me perdía (y alguno que otro más) en su pintura. Era un cuadro completo, la sonrisa distaba mucho de ser ninguna sonrisa ensayada, de esas que ponemos en el transporte público para contrarrestar las caras largas, o de esas otras que se devuelven como pared contra los cumplidos que no se quieren aceptar. Había un par de gotas claras en los ojos, un brillo concentrado que podía verse desde el otro lado del vagón.  
Caía la tarde y como si hubiese sido adrede, una especie de guiño de lo que es sublime,  unos rayos de sol irrumpieron entre las hileras de asientos y fueron estamparse en la perforación que adornaba su nariz, bajó la sonrisa un lunar, como la firma del mejor de los pintores.
Yo ya había perdido - o ganado-  contra esa sonrisa,  una especie de trampa contra lo amargo de ese día, de esta semana, por todos esos instantes había agradecido permanecer aquella semana en tierra. Y contra la loca idea de pedirle su fotografía me arrebato una más sensata: “dejarlo pasar”, disfrutar aquel “ir siendo” que no volvería nunca y quedarme con la única imagen del recuerdo, que ya el tiempo se encargaría de arrebatar.
Y mientras más borrosa se vuelva más historias querré inventarme, detrás de ella, que signifiquen y justifiquen la magnitud de esa sonrisa.  al final sólo quedará un discurso, de una sonrisa inetiquetable, imposible de acotar y lo más terrible: imposible de relatar.
Así como la sonrisa debe ser la historia,  y de repente se vuelve difícil y hasta risible imaginar cualquier cosa, risible en tanto que las historias que pueda contar se antojan insuficientes, lejos.
Quizás después de todo si haya un gran amor detrás, pero no un amor a un alguien,  debe ser algo más,  ¿pero que se puede amar con esa intensidad?  Quizás algo infinito, el amor a un alguien me parece acotado. Quizás es algo que le hierve y la desborda por dentro. No sabemos si la vida sonría, pero quizás debería, con un poco de suerte y quizás se vea tan bien como ella.
No saber su causa me parece un tormento justo,  y voy a verla, sonriente y distraída hasta que decida bajar de este tren.

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