jueves, 18 de febrero de 2016

Pendiendo.

Empezó a despertar. Todavía aturdido y ¿borracho? había algo en el mareo que no era del alcohol, algo en su lentitud que le era extraño, desconocido y apenas visualizado en ocasión anterior al último de sus accidentes, último y distante.
Hay siempre un par de milisegundos entre el haber despertado y el ser capaz de abrir los ojos, algo en su sangre había convertido esos milisegundos en más de 10 segundos. Abiertos por fin todo estaba oscuro, ¿su habitación? no en absoluto, tenía la curiosa sensación de que los brazos y piernas le pendían como suspendidos; y de repente el aviso, como cortada de tajo una de sus más básicas funciones motoras se sentía interrumpida, imposible, respirar.
Adrenalina, la suficiente para entonar mejor los ojos, para enfocar apenas decente en la noche... noche abierta, noche en la calle, adrenalina y miedo, además, asfixia. La curiosa sensación pasó de curiosa y divertida a cruenta y certeza tajante, estaba suspendido, suspendido y amarrado por el cuello, adrenalina, miedo, asfixia y la terrible pregunta del ¿cómo?
Tenía que haber sido hace apenas segundos, y mirando sin ver nada en realidad buscaba algún captor, algún degenerado que se viera divertido con todo el espectalculo no sólo de su ser colgado, sino de la lenta elaboración que apenas había empezado a armar, nadie, ni huellas ni rastros, ni a quién suplicar; la idea de haber sido dejado colgado y sólo era más aterradora que la del voyerista cruel, la intención era clara e innegable, el solo debía morir, sin rituales ni humillaciones, como de quién no se puede extraer ni eso.
Un cosquilleo en la mano, la sensación que anuncia la falta de sangre, pero precisamente eso, un cosquilleo en la mano: ¡sentía la mano! Ambas manos, y con la más ridícula de las fuerzas no fue a tocar el lazo que le apretaba y laceraba el cuello, que con su peso encima sería imposible de aflojar, a tientas busco el lazo del que suspendía todo su cuerpo, lo encontró y con una primera súplica jaló fuerte su cuerpo hacia arriba, como un visitante que no es bien recibido el aire entró en su boca y llegó a quemarlo todo a sus pulmones, se le humedecieron los ojos, se le llenaron de lágrimas y le entorpecieron aún más la casi inexistente visión; una segunda bocanada de aire y de nuevo todo le ardía en los pulmones, como recriminandole que no se hubiera dado ya por vencido, dado por muerto.
Ninguna luz, ningún ruido, ningún algo que le mintiera aunque sea un poco y le sugiriera que no iba a morir ahí esa noche.
Gritó, gritó tan fuerte como el escaso aire y la soga al cuello le permitieron -¡Ayuda! (y un sollozo)- una tercera bocanada, una cruel última bocanada que al quemarlo todo por dentro le arrancaron un ataque de tos, y con este último todo el aire que había podido agarrar, la desesperación se llevó el último jirón de su fuerza y soltó la cuerda, la caída de su peso no fue mucha pero terminó por cerrar aún más el nudo sobre su cuello y algo tronó, pero no fue su cuello y mucho menos la rama del árbol del que suspendía.
Algo tronó de nuevo, ni su cuello ni el árbol, eran hojas que se rompían bajo pisadas. Como en el más cursi y rosa de los cuentos alguien se asomo a la senda en la que estaba colgado, alguien que podría salvarle la noche. Al encender el flash de su celular aquel visitante extraño quedó casi tan aterrorizado con la escena como el protagonista de la misma... y se quedó pasmado. Víctor volvió a llenarse de terror al ver a su supuesto salvador paralizado por el miedo, y le bastó medio segundo para convencerse de que el miedo no le permitiría hacer otra cosa más que verlo morir, al final entonces si habría humillación. Por supuesto no fue así, como movido por el mismo miedo que le había arrebatado el alma y movimiento rápido corrió a su encuentro, le tomó por las piernas y lo empujó hacia arriba, aire de nuevo, aire que quemaba pero que le arrebataba la muerte
 -¡Aguanta ahí chico!- le suplicó su salvador ... "chico", nadie en este siglo sigue usando ese tipo de expresiones, su salvador probablemente no era de los "chicos" populares. De algún lado y como si magia se logró hacer de un banco, un banco alto en el que apoyó los pies de Víctor, el drama había terminado.
Y precisamente, el drama había terminado, Víctor pisaba el banco con firmeza, arrebatado por la sensación del absurdo en que había terminado todo, los pies firmes y sin mover un sólo músculo para no terminar asfixiado de nuevo. La soga apretaba todavía su cuello pero podía respirar, empezó a querer desamarrar el nudo, su yugo, pero no podía verlo y este tampoco podía recorrerse, buscó su navaja en el bolsillo trasero de su pantalón, no estaba.
- Ten... estaba en el suelo- Su acompañante parecía haber adivinado su pensamiento y de alguna forma se había hecho con la navaja. Su expresión era indescifrable, había sorpresa y un sobrecogimiento que le impedía procesar, arrebatado por el mismo absurdo que Víctor, no se movía con agilidad pero probablemente todo era efecto de la casi muerte que ambos habían presenciado. A uno nunca le han enseñado a ser un héroe, esas son cosas de libros y películas.
Víctor logró cortar su soga y de inmediato su compañero le ayudó a bajar del banco.
- Ya he llamado a la ambulancia y también a la policía... ¿qué rayos te ha pasado? yo soy Carlos - Le preguntó su acompañante, como tratando de entender que lo que había pasado no lo habían alucinado ninguno de los dos
- Tengo tanta idea como tú, desperté aquí- Ya no había terror ni asfixia, sólo quedaba la pregunta del ¿cómo? y una extraña sensación triste, como si lo sintiera alguien más pero en él, no la sensación de quien casi se muere que se acompaña del alivio sino la decepción de quien no se murió.
- Deja te quito eso, hay que guardarlo es evidencia o algo, tiene que servir... te ha dejado todo el cuello jodido, tienes sangre... necesitas un médico -
- Necesito una cerveza - Víctor lidiaba con el absurdo, con lo terriblemente absurdo que ahora parecía todo, la soga, su no muerte, la estúpida suerte y las manos temblorosas de Carlos que le quitaban con mucho esfuerzo la cuerda del cuello. De rodillas, sin moverse mucho, el cuello lo mataba, o casi. Y como si fuera el final de un medio tiempo mucho ruido y muchas luces llegaron a continuar el drama, la policía y la ambulancia, Víctor se dejó caer un poco en penumbra, quería dormir, necesitaba desmayarse y apenas lograba ver entre sus ojos casi cerrados las botas y las batas, y empezó a verlo todo como en tercera persona, como siendo él parte de la escena y no protagonista, unas manos que lo cargaban y tendían en la camilla, una mascarilla de oxígeno, y de repente respirar ya no lo quemaba todo, y antes de quedar jodidamente rendido recordó no ser un maldito ingrato
- Gracias Carlos - Cerró el telón y ni el ruido de las patrullas o las voces que preguntaban por algún familiar iban a despertarlo en algunas horas.

martes, 2 de febrero de 2016

Rizos

-Extracto de cuento-
Y ella era de chinos largos y frondosos, sueltos y libres, como la risa que a veces se le escapaba, como su mirada de ojos avellana que a  veces se perdía, era un cabello no rebelde porque nunca se le quiso imponer nada de fuera,  nada que no fuera propio de los cabellos chinos.  Era un cabello espectacular que ondulaba y bailaba, Qué iba haciendo Sólo siendo.  Y ahí en los más extraños recovecos del departamento se iban perdiendo también unos cuantos, ahí en los rinconcitos más curiosos uno podía toparse con un chino suelto como recordando a esos cables de alambre que quedan en los talleres tan perfectamente rizados, o ese extraño aserrín que sale del tronco que se talla, o incluso aún a los rizos del listón en una caja de regalos. Y al final de la semana o la quincena o del día que se decidiera la limpieza se iban arremolinando entre la escoba y el polvo, y algunos de ellos se aferraban a las cerdas del cepillo como sabiendo que su lugar no era el tacho de basura, como sabiendo que adornaban.

Sol

  No sé cuánto hace pero siento el frío y herido en el orgullo   pretexté   la vacuna el desvelo el ejercicio el hambre y la verdad se va po...