sábado, 19 de febrero de 2022

Sol

 

No sé cuánto hace
pero siento el frío
y herido en el orgullo
 
pretexté
 
la vacuna
el desvelo
el ejercicio
el hambre
y la verdad se va poniendo
igual que el sol
la estrella está tan lejos como se ve.

martes, 28 de diciembre de 2021

El Café de las 7, solo.


No me sueltes mientras escucho tus canciones,

podría morir.

                   Podrían matarme.


No sé si invocan tu presencia,

una especie de fantasma,

                                      aparición,

o si oradan dentro del agujero que fue mi corazón.


Sostienen débiles pilares resquebrajados

del perfecto hueco que logró quedarse.

Testigo redondeado y lleno de figura, de la tuya.


 No sé por qué me empeñaba en que no me gustaban sus canciones.

Ahora ya soy, y ahora ya, ya lo soy, otro fan de John Boy.

Y contra todas mis maldiciones,

por ti, sin ti, por fin me vuelvo un pésimo poeta,

el que puedo ser.


Después de la explosión ha sido como renacer,

otra vez,

Aprender a hacerlo todo,

otra vez.


Beber café.


Tomé mil tazas, con y "sin " ti,

mientras fuímos.


Y sólo hoy, por fin hoy,

rodeado de gente,

sentí que tomé ese café de las 7, sólo.


Incluso mi alma rehuyó ese café malpedido de Starbucks.


No tuvo nada que ver con el espresso rebajado.


Mi alma sabía que era café, no un buen café, pero era café,

mi alma también sabía que en esa taza no éramos,

no estábamos.


Mi alma se apartó de mi boca en ciertos tragos;

que aprenda el cuerpo primero,

ya luego me llamas,

algo así dijo.


Quizás también lo hizo por la desmadrugada,

muy pronto para tomar café sin tí,

sin nosotros,

ahí en la taza donde no somos.


Como aprender a hacer todo de nuevo.

                               Beber y Café.


Porque hace algunos días no tenía que distinguir,

no podía,

entre besar el primer sorbo y tus labios.


La cerámica no era tal, era portal,

a los intersticios de tu aliento y piel.


Porque incluso en esa brecha en que nos perdimos,

bruma,

tenía el café contigo.


                                                                     .AleJavier.

jueves, 29 de octubre de 2020

Promesas y olvidos.


¿Quién más ya tiene sueño?
¿Cómo van las clases de cocina, de costura y tejido con gancho, las de inglés? ¿Cómo van los proyectos de cuarentena?
¿La segunda ola que aquí no tendremos porque no hemos salido del revolcón de la primera?
Sé que prometí hace un par de meses compartir el cuento con el que participé en el primer concurso al que entré, pero después de los resultados he de admitir que me desanimé y simplemente dejé que las tareas y el trabajo me absorbieran. No he olvidado mi promesa y “casi casi” que vengo a recordar que pronto subiré a este medio aquella historia, que por lo demás me gustó bastante.
Llevo desde entonces sin escribir, por el mismo pretexto-motivo-razón arriba referido. Hoy un desanimo general me ha recordado de manera extraña esta promesa por cumplir. ¡Ya viene el evento grande de NaNoWriMo!!! ¿Alguien va a participar? Yo estoy buscando las ganas a ver si las encuentro.
La cita de Freud con que se adorna esta entrada está relacionada con un capítulo que habla de los deslices al escribir y leer, y me ha hecho pensar en lo mucho que me sucede cuando escribo, se asoma (a veces de manera nada discreta, como gritando) el inconsciente. En lo diferente que es escribir con “atención flotante”, dejando que "fluya" y escribir tratando de poner toda la atención, lo atropellado que uno se vuelve y lo increíblemente difícil que es a veces materializar esa idea, a veces nunca sucede.
¿A alguien le gusta el Lo•fi? Tengo un gusto culposo con esto últimamente.
Como sea, ya váyanse a dormir, besitos y abrazos mua mua.

jueves, 4 de junio de 2020

Consideración, no tan al fondo.

Mercado Juárez, Toluca te Lerdo

No tan al fondo esta vez. 
No tan al fondo, en realidad lo sabemos, si no todos, la mayoría.
No tan al fondo lo sabemos, nos necesitamos. 
Nuestra realidad se hace medianamente tolerable gracias a unas cuantas ficciones que nos ayudan a dar soporte a nuestra cotidianidad y a nosotros mismos, andamiajes de sentido en la que colocamos gavetas que nos permiten significar, que nos salvan de la absurda insignificancia. Democracia, justicia, justicia divina, un creador, la ciencia, conspiraciones que dan orden y guían al mundo, que el comunismo funciona, que el capitalismo funciona . . . y muchas tantas otras. 
Pero a veces estos andamiajes, estos edificios significantes tambalean, a veces sólo se sacuden, a veces se resquebrajan reduciéndose a escombro (por más que en ocasiones nos obliguemos a vivir ahí, entre los ladrillos, los vidrios rotos y varillas salidas del concreto). 
Uno casi nunca puede saber la magnitud del temblor/terremoto hasta que se ha barrido todo el polvo y puede medio ver lo que sigue en pie. Algo así nos pasa desde hace tiempo, nuestra contingencia actual solo ha venido a complicarlo un poco más y hacerlo un poco más obvio. Algunos se negarán a verlo e incluso otros serán realmente incapaces de hacerlo, este tiempo ya no es de ellos, o se les ha alienado o simplemente les ha dejado atrás. 
Estos últimos días es mas que evidente que dos de nuestras instituciones están en llamas, la solidaridad por un lado, y, la policía, como agente de un orden que pueda ser armónico y común a todos. No hará falta ahondar en más detalle, la mayoría ya escuchamos las distintas versiones de lo que ha ocurrido con el abuso y la brutalidad policial en Minneapolis, Estados Unidos, y en Ixtlahuacán de los Membrillos, en Jalisco. 
Y, en medio de todo esto, a riesgo de parecer poco prudente, y quizás sí, vengo a contarles una anécdota, ridículamente breve, pero para descolocarnos quizás un poco de todo este fuego y recordar un par de cosas importantes antes de terminar por deshumanizar al otro por completo, y con ellos a nosotros.

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Para los que viven aquí en Toluca, no es noticia que la aplicación de restricciones no ha sido igual en toda la ciudad, siendo el mercado Juárez uno de los lugares que tardó en cerrar sus áreas "no esenciales". La policía y los cadetes, cada vez se han ido arremolinando más y más aquí, custodiando a los comerciantes quienes ahora anuncian sus productos colgando de sus chamarras. Aunque se había resistido a perder su vitalidad frente a la contingencia, hoy uno se pasea en un mercado desertificado, vestido de azul, verde tomate y a veces hasta con cubre bocas. 
No voy a insistir aquí en la ambigüedad doblemente dolorosa de está imagen, entre el “quédate en tu casa” y el “necesito sacar la renta". 
No conozco aún todos los rituales de este lugar, ni siquiera sé con exactitud si la imagen que quiero relatar ha nacido como parte de las medidas para "disuadir" a la gente en la calle, entre ellos, muchos de los vendedores ambulantes; no importa, porque sea como sea, deja ver el sostenimiento de las ficciones a que nos atenemos. 
Cada tanto, cada día, cada hora, con horarios fijos o improvisados, una caravana de granaderos desfila por los pasillos principales que rodean al mercado. Y nada debe permanecer en su paso. Es la barredora de los puestos ambulantes, y uno puede ver el tendido de duraznos desparramarse sobre la banqueta por la prisa en que toda la familia se tropieza y amontona por esconder(se) antes de que los vean, antes de que la caravana de azul cruce la esquina y . . . sabrá dios qué ocurra. 
Se escuchan los chiflidos que acompañan el desfile de los granaderos, la puesta sobre alerta de que uno debe desmontar y desaparecer ¿Es esto un gesto cordial? Pero los policías no corren, ni aceleran ni retrasan su paso, van medianamente concentrados en sí mismos, no parece una cacería de brujas. Y, a pesar de toda la falta de respeto, se extiende ante ellos una reverencia, la mayoría nos inquietamos frente a la indumentaria, escudos y macanas, independientemente de si debemos o no estar ahí. 
Y fue precisamente al llegar a la esquina, donde la caravana se topo casi de frente con uno de los tendidos, que permanecía en su mismo sitio, inamovible. Y no era rebeldía, no era un gesto cínico ni de indiferencia, porque si algo reflejaba aquel rostro viejo, lleno de arrugas y enmarcado con sombrero para trabajar, era miedo, desorientación. Una pareja de ancianos, que o no habían sabido leer el chiflido, o simplemente se pasmaron frente a la pregunta de ¿A dónde me hago? Una mujer entrada en años, como queriendo llamar la atención de su acompañante para irse, y el viejo acompañante buscando alrededor de su tendido alguna respuesta, algún auxilio que lo sacará de aquella situación, desorientado.
Pero no hizo falta. La caravana se detuvo apenas un instante frente al puesto, suficiente para dejar bien claro en ellos y todos nosotros espectadores, que no nos estaban ignorando, que nos veían, que los habían visto, y tras la brevísima pausa, continuaron su marcha. Sin ninguna palabra ni gesto ni mirada . . . 
A saber qué fue todo eso, los de los duraznos corriendo, regando sus frutos por la banqueta, los ancianos desconcertados y la caravana azul haciendo "como si" no hubieran visto nada. Y me pregunto si en este "como si" cabe sospechar consideración, solidaridad, y en un alocado caso, un tipo de entendimiento. Ese "como si" es el que revela la ficción de la policía, en este caso, como desentendida de las dificultades que un par de ancianos tienen que sortear. 
Son tiempos complicados para la solidaridad y la policía, y aunque no podemos olvidar ni perdonar el abuso, que esto nos venga a sumar a las pocas buenas historias que tenemos de ambos. 

domingo, 17 de mayo de 2020

El horizonte está hecho de Pan de elote

   

   El horizonte está hecho de pan de elote . . . y hay que navegar mucho para llegar ahí.
   Hay que atravesar nuestros océanos de agua salada y los de chocolate hirviendo, que son de ellos. Hay que despedirse de la Isla donde nacieron todas las lenguas, esa Babilonia-Babel maldita. Hay que despedirse de ella en serio, pues uno no volver a verla jamás, ni a su cuna.
   Hay que atravesar esa estúpida isla de macarrones con queso, macarrones con queso prefabricados; su tierra sabe a microondas. Hay que continuar por océanos de chocolate salado, que ya no son nuestros ni de ellos . . .y es ahí, donde el calor hirviente comienza a descender, a cierta hora específica, que no se encuentra todos los días, que uno se topa sin darse mucha cuenta con la orilla infinita del horizonte, el último límite de algo que uno verá,
   Es una orilla sin principio ni fin, al menos lo que marca de un lado al otro y hacia el frente, uno ha llegado al horizonte, extensiones eternas de pan, y un olor delicioso, pan eterno.    Uno no morirá de hambre ni de sed y, una vez muerto, los huesos y la carne se vuelven trigo y maíz, lo que siempre fuimos, apariencia engañosa.
   Uno puede caminar, se encuentra siempre en el inicio del horizonte, el recorrido nunca se termina y en esa caminata uno puede pensar las cosas que nunca se animó, a las que nunca dio tiempo, o las que siempre puso y busco algún pretexto para no pensar, uno puede vivir sus fantasías una a una hasta volverse satisfecho.
   Los pies nunca se cansan Pero uno jamás dormirá tan cómodo como en aquella superficie blanda dónde ni el calor de las sábanas ni el peso protector de un edredón hacen falta, aquí los monstruos se han despojado de su vergüenza y terror.
   Uno ve un paisaje de estrellas diferentes, y aquí bailan y revolotean y a veces se las ve bajar a los océanos a beber, a veces chocolate a veces agua salada.
   El camino nunca se termina y uno puede recorrer de vuelta todos los días y años que haya dedicado a pasear, eso es el horizonte, una interminable sucesión de pasos y paseos, uno puede volver al lugar del que partió, si es que ese lugar no lo encuentra caminando en este sitio, para ello haría falta recorrer otra vez los océanos de vuelta y para eso hace falta otra vida, pero, aunque uno la tenga, no lo dispondrá para ello, es aquí donde uno siempre quiere quedarse, en este horizonte de pan de elote.

- pinchecafé

martes, 7 de abril de 2020

Sin Cuarentena

Como la gran mayoría, no llevamos - o ya perdimos - la cuenta de la cuarentena. Hemos visto muchas noticias, muchos memes y también muchas cuentas recién abiertas de Tik Tok, dios guarde la hora.
Hemos visto a la gente hacer y compartir de todo, pero sobre esto, lo que más hemos visto es que el encierro no es fácil para nadie, tengas un departamento de 80 metros cuadrados, o rentes una habitación de tres por tres como nosotros.

Muchos, si no todos, son concientes y hasta el momento empáticos, con aquellos que aún con todo tenemos que salir a trabajar, por muchas razones, porque hay muchísima gente que vive de su sustento diario o porque las condiciones de su trabajo simplemente no les dieron para más.

He visto en Twitter como cada vez más se van perdiendo empleos y ponen sus servicios a disposición, por ahí se huele medio escondida la angustia de qué vamos a hacer a final de mes, cuando haya que pagar la renta y hayamos juntado apenas la mitad.

Es una mezcla rara de emociones la vista desde esta ventana del Café porque todos los días parece fin de semana, y siguen sin ser los sábados nuestros días de buenas ventas. Es una cosa medio alegre porque a pesar del mensaje repetido cada vez con más coraje de: #QuedateEnTu-pinche-Casa, haciendo alusión obviamente a la gente que no parece mostrar pertinencia ni cuidado de sí o de los otros, saliendo a la calle o tomando la cuarentena como vacaciones, la verdad es que hay muchísimos más que si se quedaron, la calle está vacía, un escenario entre grandioso para ver y angustiante. Es una cosa medio triste porque empezamos a ver amigos cerrar sus negocios y los números en nuestra libreta me hacen preguntarme - a escondidas de mi novia - si ese escenario vendrá por nosotros. Y así todo, rara la cosa.
Y como siempre no hace falta más que salir de la propia cabeza y dar una caminata -siempre con prisa y siempre corriendo- por el mercado, a la hora de las compras, para preguntarse qué va a pasar con ellos, cuántos de ellos van a enfermar y cuántos de ellos están realmente preparados para darle frente a una situación de estas, cuando sabemos que nadie, esperando equivocarme. Me pareció el mercado con sus comerciantes y nosotros sus compradores, el escenario que no podía otra cosa que ser necio frente a la epidemia, que no podía otra cosa más que jugarle a la negación hasta que el reloj se acabara y toda esta cosa real se nos instalace justo en medio para avisar que ya llegó, cual villano del MCU.
Me pregunto cuántos más de los que estamos afuera pedimos encierro, me pregunto si estoy exagerando o si no hay medidas suficientes de prevención, me pregunto si voy a traerme esta porquería conmigo en mis salidas a comprar y si voy a ser responsable de contagiar a la bellísima mujer que vive conmigo, a su madre o a la mía.

Frente a toda la angustia lúgubre no necesito más que volver a ver por la ventana del Café, la calle está vacía, casi vacía, y es una escena espectacular, dice mi vecino que es volver 25 años en el pasado, en otras circunstancias quizás nunca habría visto está calle así. También hemos visto actos que nos han hinchado el corazón, como aquella pareja que desde su automóvil repartía sandwiches y cubrebocas a los limpiadores de parabrisas, el mensaje que me quiero imaginar es que muchos de nosotros vamos a estar para nosotros no para detener esto, sino para levantarnos después de esto. Y quizás, como algunos - viejos enamorados pasados de moda - empiezan a soñar, otra cosa sea posible.
Hemos visto muchas cosas que se comparten desde el encierro, pero no había visto nada aún de los que andan fuera, por obvias razones supongo, no tendrán tiempo de ello, por eso aquí les comparto un poco de cómo se ve desde afuera y de cómo las vamos gastando.

martes, 17 de marzo de 2020

29

Estoy a hora y media de cumplir 29 . . .
Todavía tengo miedos que me cuesta reconocer,
Todavía no termino mi libro,
Sigo sin ser filosofo o escritor,
La universidad se me quedó atrás hace un par de par de años,
Sigo sin saber poesía, ni escribirla ni entenderla,
Sigo deprimido a buenos ratos.
Pero sigo vendiendo café <3 p="">Mi biblioteca es mucho más grande,
Al escribir logré amarme mientras me odio,
Sigo siendo pendejamente apasionado,
Mi saxofón suena más seguido,
Un beso me despierta en las mañanas,
Pude hacer filosofía con mi tristeza,
Me siento grande y con el corazón henchido.



martes, 15 de mayo de 2018

Me quedo a verla ...

Hoy no iré a trabajar《escribí al trabajo》
Me quedo a verla
Ella ha decidido quedarse
Hoy puso música, anda descalza por la casa
No iré a trabajar, me quedo a verla
Dando saltitos y cantando
Suenan sus talones contra las baldosas mientras baila
Y eso quiero ver
Su canto y su baile
Quizá hagamos el amor
Quizás no
Quizá solo la vea dando saltitos en la casa
Y no le ponga un dedo encima
Le haré algo para comer
Y voy a verla todo el día
Dando saltitos en la casa.

jueves, 18 de enero de 2018

Alegría

Conn había pensado mucho en la frase de un Psicólogo y Filósofo de un siglo atrás: “La alegría no es el éxtasis momentáneo, sino el resplandor que acompaña al ser.”. . . había mucho de eso en los ojos de ella, y eso volvía difícil cualquier decisión, el quería que lo acompañara. No a su viaje por supuesto, si el pudiera ocupar un lugar a lado de ella, por pequeño que fuera, ese viaje empezaba por perder sentido, así lo había notado cuando se veía con ella.

- Página sin numerar

miércoles, 10 de enero de 2018

Quiero verte


    Perdona si me tardo un poco. Perdona si de repente me sientes con prisa. Hay algo peor que magnetismo y me jala desde el centro, me quiere arrebatar en dirección a ti. No me quiero resistir pero eso es precisamente un problema, me llamas de una forma específica, y contra la dulce que pueda ser debo oponer cierto pensamiento.

    La soledad me está haciendo mella, y hasta que no empecé a pensar en ti no lo había notado, ese es un problema. No te quiero para que llenes mis vacíos, mis carencias, que tengo por montones, igual que todos. No quiero llegar ofreciéndote mis dolencias, y declararte que bien pudieras ser a quien estaba buscando desde hace tiempo. No quiero llegar con encargos y fantasías encubridoras, no quiero llegar tan pobre . . . si es que he de llegar.
Me llamas de una forma específica, y he de cuidar aquello. No es la soledad, ni tu tono, ni las extrañas y maravillosas coincidencias, no es el dulce con el que sonríes, no es el perfume que te distingue ni los lentes de pasta gruesa, es algo más, y es lo que cuido.
    Es tu misterio lo que me hace gravedad, el motivo de mi tardanza, de mis prisas y sobre todo de mis adivinanzas. Porque idea no tengo, si siquiera vamos en la misma página, en el mismo cuento.

   Me estoy quedando a medias tintas, con los párrafos inconclusos, es difícil aterrizar las ideas. Como sea, ya te lo he comentado, no soy un hombre de fortunas, pero eso no me desanima, es como ver una estrella fugaz, es bello mientras está.

    Mi freno y mis prisas están hechas de lo mismo. Miedo, lo grande siempre da miedo. Una recién reconocida soledad; durante mucho hemos usado esto, esto sin nombre y miles de rostros, para combatir la soledad, y aunque es lo único efectivo lo hemos explotado, lo hemos arrinconado y en el peor de los casos hemos hecho de él algo irreconocible. Por último, el que me atraigas tanto, el que te empieces a acomodar con cada pieza que me muestras, a mi rompecabezas, despierta todos mis cuentos y mis fantasías, y aunque siempre los he querido, lo que quiero es verte, como si pudiera tomar un lugar privilegiado y ver tu misterio, ver si estás radiante, ver si das saltitos en derredor de qué, ver si bailas, si eres este u oeste, ver tus estrellas o tus planetas, los ojos detrás de esos lentes de pasta gruesa. Verte sin el velo de mis querencias.

jueves, 4 de enero de 2018

Coincidencias

Fue una extraña y maravillosa serie de coincidencias. Un asalto si quieres. Empezando por lo inadvertido del encuentro, su improbabilidad y sin embargo sucediendo. Conversación perfectamente fuera de lo esperado, fuera de esa línea que siempre, queriendo o no, siempre cuidamos. No sólo no preguntó por lo que me gustaba, sino que se fue directo a lo que no, atinando y coincidiendo, extraña y maravillosamente, con cada punto. 
No sé que más hay detrás de esos lentes de pasta gruesa, pero algo empieza a quemar en mí, y hacía un rato que cierta emoción no me asaltaba. Aún con todo no pierdo precaución, y agradezco ese viento ligero y fresco que hizo remover el polvo de mis ventanales, de las velas y la escotilla. Con mi suerte particular no pienso levar el ancla fondeada, sólo quiero aprovechar esta brisa y este ardor, que me remuevan el cabello, que me regale cierto sopor. 
- Conn

Sol

  No sé cuánto hace pero siento el frío y herido en el orgullo   pretexté   la vacuna el desvelo el ejercicio el hambre y la verdad se va po...