Como la gran mayoría, no llevamos - o ya perdimos - la cuenta de la cuarentena. Hemos visto muchas noticias, muchos memes y también muchas cuentas recién abiertas de Tik Tok, dios guarde la hora.
Hemos visto a la gente hacer y compartir de todo, pero sobre esto, lo que más hemos visto es que el encierro no es fácil para nadie, tengas un departamento de 80 metros cuadrados, o rentes una habitación de tres por tres como nosotros.
Muchos, si no todos, son concientes y hasta el momento empáticos, con aquellos que aún con todo tenemos que salir a trabajar, por muchas razones, porque hay muchísima gente que vive de su sustento diario o porque las condiciones de su trabajo simplemente no les dieron para más.
He visto en Twitter como cada vez más se van perdiendo empleos y ponen sus servicios a disposición, por ahí se huele medio escondida la angustia de qué vamos a hacer a final de mes, cuando haya que pagar la renta y hayamos juntado apenas la mitad.
Es una mezcla rara de emociones la vista desde esta ventana del Café porque todos los días parece fin de semana, y siguen sin ser los sábados nuestros días de buenas ventas. Es una cosa medio alegre porque a pesar del mensaje repetido cada vez con más coraje de: #QuedateEnTu-pinche-Casa, haciendo alusión obviamente a la gente que no parece mostrar pertinencia ni cuidado de sí o de los otros, saliendo a la calle o tomando la cuarentena como vacaciones, la verdad es que hay muchísimos más que si se quedaron, la calle está vacía, un escenario entre grandioso para ver y angustiante. Es una cosa medio triste porque empezamos a ver amigos cerrar sus negocios y los números en nuestra libreta me hacen preguntarme - a escondidas de mi novia - si ese escenario vendrá por nosotros. Y así todo, rara la cosa.
Y como siempre no hace falta más que salir de la propia cabeza y dar una caminata -siempre con prisa y siempre corriendo- por el mercado, a la hora de las compras, para preguntarse qué va a pasar con ellos, cuántos de ellos van a enfermar y cuántos de ellos están realmente preparados para darle frente a una situación de estas, cuando sabemos que nadie, esperando equivocarme. Me pareció el mercado con sus comerciantes y nosotros sus compradores, el escenario que no podía otra cosa que ser necio frente a la epidemia, que no podía otra cosa más que jugarle a la negación hasta que el reloj se acabara y toda esta cosa real se nos instalace justo en medio para avisar que ya llegó, cual villano del MCU.
Me pregunto cuántos más de los que estamos afuera pedimos encierro, me pregunto si estoy exagerando o si no hay medidas suficientes de prevención, me pregunto si voy a traerme esta porquería conmigo en mis salidas a comprar y si voy a ser responsable de contagiar a la bellísima mujer que vive conmigo, a su madre o a la mía.
Frente a toda la angustia lúgubre no necesito más que volver a ver por la ventana del Café, la calle está vacía, casi vacía, y es una escena espectacular, dice mi vecino que es volver 25 años en el pasado, en otras circunstancias quizás nunca habría visto está calle así. También hemos visto actos que nos han hinchado el corazón, como aquella pareja que desde su automóvil repartía sandwiches y cubrebocas a los limpiadores de parabrisas, el mensaje que me quiero imaginar es que muchos de nosotros vamos a estar para nosotros no para detener esto, sino para levantarnos después de esto. Y quizás, como algunos - viejos enamorados pasados de moda - empiezan a soñar, otra cosa sea posible.
Hemos visto muchas cosas que se comparten desde el encierro, pero no había visto nada aún de los que andan fuera, por obvias razones supongo, no tendrán tiempo de ello, por eso aquí les comparto un poco de cómo se ve desde afuera y de cómo las vamos gastando.
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